La Iglesia de Jesucristo / Juan 4:23-24 – Hechos 2:42-47

¿Quienes somos?

Nuestra Iglesia nació por la voluntad de Dios Padre,  y se hizo realidad en  Cristo Jesús por medio de su Santo Espíritu. Hemos hecho hincapié en que nosotros no provenimos de la reforma protestante del siglo XVI , ni somos evangélicos,  ni cosa similar o por el estilo; nuestra doctrina, nuestro fruto, nuestras obras provienen directamente del Espíritu Santo y somos continuadores al igual que muchos otros hermanos y congregaciones, de la primera Iglesia de Cristo sobre la tierra y la unica, la iglesia que recibió la primicia del Espíritu, la que dio su vida por el Señor, la iglesia cuya roca es Cristo y sus enseñanzas y cuyos cimientos son los Apóstoles y su doctrina. No tenemos nada que ver con la iglesia Católica, ni la aceptamos ni hallamos en ella ninguna autoridad espiritual de parte del Señor.

Nuestra visión es la de continuar el legado apostólico de la iglesia primitiva. Nuestro camino es escribir los capítulos finales del Libro de los Hechos de los Apóstoles, como ya lo están haciendo miles de hermanos y cristianos verdaderos en el mundo  en estos tiempos postreros y exhortar a toda la iglesia de Cristo en la tierra a la unidad en el Espíritu Santo, a la sana doctrina, a la adoración en Espíritu y en Verdad, a las obras de testimonio, al amor incondicional, al fruto, las virtudes y los valores espirituales que fueron la insignia de la iglesia apostólica.

Seremos una iglesia gobernada con la visión de Dios Padre, con la Autoridad de su Hijo Jesucristo y el poder del Espíritu Santo.

Esperamos que a través del tiempo el mundo vea en nosotros el mismo testimonio de la iglesia primitiva, y el mundo tiemble ante el Poder de su Gloria, porque ciertamente esta cerca el tiempo final de Dios.

La única visión que puede existir en la Iglesia de Jesucristo en la tierra es la de Dios Padre. Dios Todo Poderoso es el dueño de los tiempos y del “cuando” en los procesos y propósitos en la historia del hombre, sin embargo podemos ver las señales y el cumplimiento de las profecías.

La visión de Dios Padre es “Jesucristo su Hijo” su preexistencia, su vida, su obra, su muerte, resurrección y reinado. Jesucristo es el objetivo de toda la creación y esto está manifestado en su Palabra.

Así que la visión que tiene la Iglesia en la tierra no puede ser otra que la de Dios mismo; es obedecer todo lo dispuesto por el Padre para exaltar a su Hijo y ponerlo sobre todo y  todos.

Esta invitado a unirse y ser parte de esta visión que llegará a las naciones para ser testimonio viviente de misericordia y testigos de la Salvación en Cristo Jesús para toda la humanidad.

(Marcos 9,41, y Mateo 18, 6-9).

Toda  persona que nos apoya económicamente para operar en la tarea evangelizadora, en la tarea de enseñanza metódica del evangelio, en la compra de bienes para llevar la Palabra y el poder de sanidad a las personas con necesidad de Jesucristo, través de aportes económicos y mobiliarios esta siendo movida por el Espíritu de Dios y es un alma nacida para bendición pues el Señor reconocerá hasta un simple vaso de agua que se le entregue a cualquiera de sus discípulos, según marcos 9:41 y mateo 18:6-9.

Le invitamos a que se unas al equipo de personas que apoyan nuestro Ministerio y son parte importante en la transformación de muchas más personas que recibirán el poder de Dios y el milagro de conocer y creer en el Rey de la creación.

Sabemos que aquel que siembra generosamente, generosamente segará, y estamos creyéndo al Señor que toda semilla que ha sido sembrada en este ministerio llevará mucho fruto en su vida y en la de miles de personas que serán tocadas por el poder salvador de nuestro Señor Jesús.

Gracias por unirse a nuestro equipo y ser parte de esta obra de amor que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Déjenos toda su información o comuníquese a nuestros teléfonos, Gracias!!!!!

 


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De vuelta a Casa

Aquí están los elementos claves por medio de los cuales nos llegamos a reconciliar con el Padre. Todos y cada uno de ellos tienen una importancia vital. Si uno solo de ellos estuviera ausente, podría impedir que nuestra relación fuera completa.

Nuestra condición: Lo primero que necesitamos comprender es que estamos separados de Dios. El abismo que nos separa de Él es ancho y profundo. Heredamos por nacimiento un defecto fatal. Como consecuencia, hemos vivido independientes de Él. La Biblia destaca esta realidad tan desoladora: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”. Si no podemos aceptar el hecho de que el pecado nos separa de Dios, nunca llegaremos espiritualmente a casa, porque no sentiremos la necesidad de un Salvador.

El remedio de Dios: En segundo lugar, necesitamos tener una comprensión muy clara de quién es Jesús, y qué ha hecho Él por nosotros, para poder poner en Él nuestra fe con toda confianza. Jesús fue quien cerró la brecha que nos separaba de Dios. En palabras del apóstol Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Jesús no sólo era un buen hombre, un gran maestro o un inspirado profeta. Él vino a la tierra como el Cristo y el Hijo de Dios. Nació de una mujer virgen. Llevó una vida sin pecado. Murió. Fue sepultado. Resucitó al tercer día. Ascendió a los cielos, y allí se convirtió en Señor y Cristo.

La muerte y resurrección de Jesús a favor nuestro satisfizo las exigencias de Dios: una provisión completa para eliminar nuestro pecado. Este Jesús, y sólo Él, reúne las cualidades para ser el remedio de mi pecado y el suyo.

 Nuestra respuesta: arrepentirnos y creer.

El arrepentimiento personal es vital en el proceso de transformación. La palabra “arrepentimiento” significa literalmente “un cambio en la manera de pensar”. Consiste en decirle al Padre: “Quiero acercarme a ti y apartarme de la vida que he llevado independientemente de ti. Te pido perdón por lo que he sido y lo que he hecho, y quiero cambiar de manera permanente. Recibo tu perdón por mis pecados”.

En este punto, son muchos los que experimentan una notable “purificación” de cosas que se habían ido acumulando toda una vida, todas ellas capaces de degradar el alma y el espíritu de una persona. Sintamos o no el perdón de Dios, si nos arrepentimos, podemos tener la seguridad total de que somos perdonados. Nuestra confianza se basa en lo que Dios nos ha prometido, y no en lo que nosotros sintamos.

Llegamos a una relación personal con el Señor cuando tomamos la mayor decisión de la vida: el punto decisivo del que hablamos antes. Esa decisión consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios, el que murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó de entre los muertos, y recibirlo por Salvador y Señor. Cuando creemos de esta forma, nos convertimos en hijos de Dios. Está prometido expresamente en el evangelio de Juan: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

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